“Primero dejé de ir al gimnasio y a reunirme una vez por semana con mis amigas para cenar, luego ya no iba al ginecólogo porque significaba mucho gasto, tampoco sentía satisfacción cuando hacía el amor con él. Me volví irritable, lloraba cuando estaba sola y maldecía a mi marido porque no lográbamos solucionar nuestros problemas económicos”. Es el relato de Guadalupe (30), enfermera, muy similar a cientos de mujeres misioneras afectadas por la paralización de las empresas forestales en las que trabajan sus maridos.
Aunque muchas veces las mujeres se muestren fuertes y capaces de sobrellevar el hogar cuando surgen problemas económicos, en el fondo sienten que no están preparadas para ello. Suelen relegar cosas que antes consideraban importante y formaban parte de su feminidad, como ir a la peluquería, comprarse ropa o simplemente arreglarse para verse bellas.
Según los sociólogos, en momentos que el dinero escasea ellas no dejan de tener sexo como ocurre con los hombres, lo que les sucede es que no sienten placer, sufren dolores o en ocasiones no consiguen una buena lubricación. La situación deriva en un distanciamiento en la pareja o que se produzcan peleas a diario.
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