Separación. Ruptura. Cambio. Miedo a lo desconocido.
Si bien el divorcio proviene etimológicamente del prefijo di/dis que refiere a la divergencia en diferentes sentidos, y a la raíz del verbo verto que significa volver o dar la vuelta, el dívortíum (del latín), nos remonta a una situación que minimiza enormemente al sentido burocrático de la palabra, a la institución jurídica.
Cuando el divorcio es una desencantada e irreversible realidad en la pareja, los sentimientos y la razón se fusionan al caer en la conciencia; el futuro más cercano, será influido por la incertidumbre.
Muchos estudios enfatizan en los problemas mentales que esta situación genera. Efectivamente, los pensamientos fluyen frenéticos y las alternativas comienzan a desfilar ante los ojos de la elección. No hablamos de experiencias biológicas, sino mentales.
Y si bien se dice con seguridad sobre un “gen del divorcio”, la ciencia tiene ante sí una situación con aún demasiadas interrogantes.
Pocos enunciados lucen universales: las instancias de divorcio (en el sentido primitivo de la palabra de separación en general), son complejas situaciones sensoriales que se reflejan en todas las áreas. Algo verdadero, es que para que exista separación tiene que haber existido un vínculo legítimo: cuando el divorcio es una irrelevancia para el alma, no será más que papeles infinitos y alianzas abandonadas.
Sus formas y características han evolucionado con la historia, aunque se sabe a ciencia cierta, que nació en paralelo al mismísimo matrimonio.
Cada día es más común. Así como también, la debilidad de los vínculos verdaderos.
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